Lo maravilloso, extraordinario o monstruoso, lo prodigioso, era una cualidad atribuida a algunos elementos naturales o artificiales que fue especialmente apreciada en el contexto europeo a partir del Renacimiento. El interés por el artificio reflejaba, particularmente, los anhelos de una sociedad partícipe del juego y cómplice del engaño utilizado por el arte en sus diversas expresiones. Conforme a la cosmovisión mecanicista de los siglos de la Edad Moderna, los recursos escenográficos empleados en calles, plazas, jardines, iglesias o estancias palaciegas hicieron uso de singulares y complejas apariencias.