A lo largo del siglo XX las investigaciones realizadas sobre el microrrelato han contribuido
a profundizar en el conocimiento de este género literario desde ángulos y perspectivas
diversas: el estatuto genérico, los mecanismos narrativos configuradores, la génesis
y recorrido histórico (Lagmanovich 1996, Andrés-Suárez 2012, Calvo Revilla 2012, etc.) y las relaciones con diversas formas de minificción, como microformas fílmicas,
publicitarias y fotográficas (Noguerol 2008; Arias, Calvo y Hernández 2009; Gómez Trueba 2018; Rivas 2018):
El microrrelato es un género literario, micronarrativo, que se enriquece con diversas
modalidades literarias, que suelen cubrir una función temática y asumen una función
intertextual (irónica, paródica, alegórica, fantástica, satírica o realista), y que
por su hiperbrevedad resulta permeable para permanecer encapsulado en los nuevos formatos
comunicativos (publicitario, radiofónico, televisivo, digital electrónico) (Calvo
Revilla 2012a, 25).
Durante las primeras décadas del siglo XXI dentro del panorama teórico-literario sobresalen
los estudios que analizan los vínculos que estas microformas narrativas generan con
el ciberespacio. No podía ser de otra manera si se tiene en cuenta que los rasgos
que lo configuran (Valls 2010, Delafosse 2013, Navarro 2015, Ette 2015, Calvo Revilla 2018 y 2019a, etc.) lo hacen adecuado para integrarse de manera natural en el ecosistema digital;
la mínima extensión, la condensación semántica y su recurrente efecto sorpresivo contribuyen
a que se incorpore de manera natural en los nuevos formatos que requiere el soporte
digital:
Sin duda alguna, el microrrelato, por su brevedad, precisión e intensidad expresiva,
parece ser un género permeable, que se adapta bien a las características del espacio
digital y que garantiza una buena recepción. El medio digital se adapta perfectamente
a algunas de las coordenadas temporales y espaciales que le son propias al microrrelato
pero que aparecen en este contexto reforzadas. (Hernández Mirón 2009)
En este género literario se expresan algunos elementos característicos de la cibersociedad,
como ha puesto de relieve la crítica:
La velocidad acuciante, el ritmo acelerado, el acortamiento formidable de las distancias,
la sensación de inmediatez… Todas estas notas configuran un marco donde la vida acentúa
su condición de tránsito fugaz. La literatura es espejo del hombre y de su tiempo,
pero también fuerza transformadora y transfiguración. El microrrelato, con su brevedad,
levanta el acta notarial del vértigo que nos invade y atrapa; al mismo tiempo, nos
rescata. (Arias Urrutia et al. 2009: 534).
Por estos motivos cobra sentido la afirmación de Lauro Zavala de que el microrrelato
“puede llegar a ser la escritura más característica del tercer milenio, pues es muy
próxima a la fragmentariedad paratáctica de la escritura hipertextual, propia de los
medios electrónicos” (2004: 70). La velocidad o la inmediatez que configuran nuestras sociedades y la capacidad
del microrrelato para integrarse con su brevedad en los procesos de creación transmediática
son algunas de las causas que explican el hecho de que se haya visto más favorecido
que otros géneros literarios para incorporarse a espacios digitales, como las bitácoras,
las revistas digitales y las redes sociales (Calvo 2016).
En el entorno digital este género literario ha encontrado un vehículo singularmente
propicio para su difusión, lo que lleva a la crítica a constatar las diferencias existentes
entre la configuración de un microrrelato transmitido en el soporte tradicional del
papel y en el digital, donde incorpora la interacción con el lector (la bidireccionalidad)
y la hipermedialidad, pues en la red se incrementan las posibilidades de que integre
elementos multimedia, que proceden de la cultura virtual:
Al ser fruto de la integración en una miniatura narrativa de los componentes textuales
con los gráfico-visuales (imágenes fijas: fotografías, dibujos, ilustraciones, pinturas,
mapas, pictogramas; o móviles: vídeos, animaciones), auditivos y multimedia, se requiere
mayor comprensión semiótica, capaz de desvelar los componentes que intervienen en
la morfosintaxis de la imagen y en su significado (la línea, el color, la textura,
el plano, etc.; el ritmo, el movimiento y la tensión; la proporción, y la dimensión;
el significado simbólico); la valoración de los niveles de interactividad; la multiplicación
del impacto sensorial y expresivo y de la creatividad y la imaginación. (Calvo Revilla 2019b: 157)
Nos encontramos así ante el microrrelato hipermedial (Calvo 2017; 2019a; 2019b; 2019c; 2020a), cuya arquitectura narrativa desplaza la integridad del significado, abriéndolo
a la construcción de sentido y a múltiples interpretaciones.
Teniendo en cuenta que “soñamos con imágenes y pensamos con palabras, aunque a veces
lo mezclamos” (Gubern 2015: s. p.) y que en la semiosfera (Lotman 1996) todo intercambio comunicativo entraña un proceso de recodificación que tiene repercusiones
tanto desde la perspectiva de la creación como de la recepción, el microrrelato hipermedial
requiere un proceso de alfabetización visual, pues posibilita el despliegue de las
habilidades que permiten crear imágenes, leerlas y comprenderlas (Braden y Hortin 1982: 169).
En el ciberespacio, mediante el ensamblaje del texto literario con los materiales
procedentes de otros sistemas de significación no lingüística (fotografía, ilustración,
música, etc.), el microrrelato se nutre tanto de la narratividad de los elementos
intertextuales como del poder narrativo de las imágenes y los componentes multimedia;
si bien la palabra y la imagen son sistemas de representación diferentes, es necesario
que prestemos atención a estos cruces y simbiosis, pues asistimos a un paradigma estético
de convergencia interartístico, donde la visualidad juega un papel primordial:
The realization that spectatorship (the look, the gaze, the glance, the practices
of observation, surveillance and visual pleasure) may be as deep a problem as various
forms of reading (decipherment, decoding, interpretation, etc.) and that ‘visual experience’
or ‘visual literacy’ may not be fully explicable on the model of textuality. (Mitchell 16)
Si ya a través de su publicación tradicional en papel el cuarto género narrativo –como
lo ha denominado Irene Andres-Suárez (2012)– lleva al extremo la función cocreadora que desempeña el lector, la relevancia del
elemento pragmático se hace aún más perceptible en la red. La iconosfera entraña un
cambio en las condiciones de creación y de recepción (Cohen-Séat 1961: 232) y promueve la circulación de imágenes visuales, que gracias a su simbolismo se llenan
de contenido semántico y reclaman la participación del lector.
El microrrelato hipermedial fortalece la relación bidireccional que entabla el autor
con los lectores y transforma de manera significativa su proceso de recepción. Su
adecuada comprensión requiere el despliegue de los mecanismos cognitivos que permiten
desentrañar la interacción de los componentes visuales y verbales y las significaciones
que surgen de la simbiosis semiótica. Su proceso hermenéutico se vuelve en el entorno
digital más complejo, pues el lector ha de atender al imaginario que se prolonga más
allá del material verbal inmanente, procedente de la dimensión semántica y de la configuración
de la espacialidad fantástica de los componentes verbales y visuales.
La lectura del microrrelato hipermedial: interpretación y construcción de significado
Una fotografía es una caja de música, un caracol de infinitas e irisadas resonancias,
en donde se recobra la música del mundo acercándola a los labios y desde donde te
llega la sal del mar como si exprimieras una fruta ácida que destila una miel vieja.
(Ramírez 1970: 42-43)
Esta cita, extraída de la novela Tiempo de fulgor (1970) del escritor Sergi Ramírez, condensa la capacidad de ensoñación narrativa de la
imagen fotográfica y nos sirve de introducción al análisis del papel que desempeña
en el microrrelato hipermedial. Si cualquier fotografía encierra múltiples significados
y constituye en sí misma una invitación inagotable de deducción, especulación y fantasía,
como ha puesto de relieve Susan Sontag3, su aparición junto al microrrelato enfatiza la significación procedente del material
verbal y modifica necesariamente la experiencia del lector que se convierte en agente
activo de la comunicación literaria, pues ha de hacer explícita la plurisignificación
textual. En este género literario la fotografía, con su pequeño germen narrativo,
se muestra como un trampolín para el vuelo de la imaginación al que le invita el microrrelato.
Si las fotografías son en sí mismas vestigios de una realidad que ha sido retratada
(Arnheim 1974: 149-161; Sontag 1977: 154), lejos de aparecer como discursos con valor documental que verifican los hechos
que se narran, muestran su carácter heterogéneo compositivo y memorable (Sontag 1996:
26-27); como puso de relieve Cortázar, paradójicamente recortan un fragmento de la
realidad, “fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe
como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una
visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara” (Cortázar
2005: 14).
En el microrrelato hipermedial la imagen fotográfica, lejos de estar subordinada al
componente verbal y de limitarse a desempeñar una simple función ilustrativa, reviste
un fuerte componente significativo y narrativo. Texto e imagen cuentan historias;
y si bien la fotografía conserva su autonomía respecto al texto en el que se incrusta,
pues es un elemento privilegiado de significación (Barthes 1972a: 120), multiplica
su poder de connotación en la interacción con dicho componente verbal. Con la yuxtaposición
de estos elementos semióticos dispares el escritor formula un imaginario narrativo
de gran riqueza iconográfica y estética, que invita a reflexionar tanto sobre las
relaciones simbióticas que entablan, como sobre la condición humana, como veremos
con un ejemplo ilustrativo.
Las textualidades visuales que figuran junto al microrrelato entran en diálogo con
las imágenes textualizadas que capturan la visualidad a través de la palabra y crean
cierta complejidad discursiva y significativa. En el microrrelato hipermedial no solo
la incorporación de la imagen potencia la explosión de significado, sino que la imbricación
de los componentes verbales y visuales al mismo tiempo que reafirma la unidad como
principio de la forma (Adorno 1984: 222) y genera tensión narrativa, crea un lugar textual de resistencia (Mitchell 1994: 285 y 289), que pasa a formar parte del procedimiento narrativo y se inserta dentro de una
tendencia más global que se aprecia en la ficción contemporánea. De esta manera, si
bien la coexistencia de los componentes verbales y visuales dentro de la unidad discursiva
explota la intersección semántica y activa el juego entre lo visible y lo invisible,
crea también cierta ruptura en la linealidad narrativa; se multiplican las tensiones
semióticas que se hallan en juego y se producen significados narrativos y estéticos,
ideológicos y políticos, éticos y sociales, que obligan al lector a detener su atención.
En consecuencia, en el proceso hermenéutico del microrrelato hipermedial el lector
ha de atender a la significación que procede tanto del microrrelato como de la fotografía
individualmente y a la que se deriva de la interacción entre ambos componentes. A
la tensión que se deriva de la elipsis textual, propia del microrrelato, se suma la
que deriva del juego compositivo que entablan los universos elididos y los componentes
formales propios de las imágenes: composición formal, luminosidad, cromatismo, escorzo,
etc.
El uso de la fotografía junto al microrrelato transforma los procesos creativos y
receptivos; requiere la comprehensión de los procesos de denotación y connotación
que custodian los textos fotográficos a partir de la identificación de la estructura
compositiva y de los elementos significantes explícitos e implícitos; son varios los
componentes que han de ser tenidos en cuenta en la comprehensión de la narrativa visual;
junto a los atributos fotográficos (cromatismo, textura, luz, movimiento y encuadre)
y compositivos (línea, forma, color, contraste, profundidad, ángulo y proporción)
se ha de atender a la historia, las metáforas y la historia. A partir de la recuperación
de la información que proporciona la imagen visual, el lector ha de comprender el
estilo y género, reconocer la estrategia compositiva, apreciar la intertextualidad
subyacente y la intencionalidad; y dado que la fotografía es un modelo textual susceptible
de ser sometido a un proceso de lectura, el lector ha de atender al discurso que se
deriva de los componentes retóricos, semióticos y narrativos y a la dimensión semántico-ideológica.
Si tenemos en cuenta que todo texto de ficción es una estructura de lenguaje que es
independiente de la lectura que se realice y una estructura afectiva que resulta variable,
pues depende de la situación sociocultural personal (Kneepkens and Zwaan 1994: 126) y del acto de lectura (Iser 1987: 45), no cabe duda de que el lector cobra protagonismo. Desde que Thorndike afirmara
que leer es razonar y “construir significado” (1917: 329) y se comenzaron a sentar las bases de la metacognición y de la comprensión lectora,
se definió la interacción entre ambos procesos y se precisó en qué consiste la participación
activa del lector. Este, mediante el despliegue de las capacidades cognitivas y pragmático-comunicativas,
ha de emprender varias tareas: procesar la información textual (Solé 1992:17), inferir
los significados mediante el desarrollo de habilidades lingüísticas y el despliegue
de los conocimientos metatextuales e intertextuales, formular interpretaciones a partir
de la ordenación cognitiva de las estructuras y referentes textuales y poner en ejercicio
la “experiencia extralingüística” para desentrañar los “convencionalismos socio-culturales
o ideológicos a los que se alude de manera implícita o explícita en el texto” (Mendoza Fillola 1998:169-171)4.
El microrrelato, al prescindir del desarrollo profundo de los personajes, de las digresiones
y de la acumulación descriptiva de detalles, se convierte en un fogonazo fotográfico
y en un certero golpe de luz que, mediante la elipsis y con la máxima economía de
medios, ilumina el misterio de la existencia. Por lo tanto, el lector de este género
literario ha de realizar un gran esfuerzo cognoscitivo para rellenar los huecos de
indeterminación que lleva implícita la brevedad y que se encaminan a “asaltar al lector
y espolearle su imaginación” (Valadés 1990: 28). En la medida en que el lector se percibe como co-creador, la lectura se abre a
la potencialidad del significado y a su multiplicación.
Cuando el lector se encuentra ante un microrrelato hipermedial no ha de limitarse
al reconocimiento y descodificación de los signos verbales que configuran el discurso
textual ni a la compresión lógico-valorativa de los mismos, sino que ha de descodificar,
asimismo, los signos visuales. Por lo tanto, la adecuada comprensión de este género
literario supone el despliegue de las destrezas cognitivas que permiten comprehender
la coherencia textual, desentrañar las relaciones lógicas existentes y proceder al
desvelamiento de las informaciones elididas e implícitas de los componentes texto-visuales.
Precisa un lector competente, que conozca la tradición literaria y despliegue una
actividad cognitiva de honda raigambre visual, pues la percepción es pensamiento visual,
como sostiene Rudolf Arnheim (1969: 14); ha de ser capaz de leer y descodificar las imágenes visuales y de interpretar sensitiva,
emocional e intelectualmente las cualidades formales y expresivas que se articulan
mediante el lenguaje texto-visual. En suma, el lector ha de poseer cierta alfabetización
visual para captar el significado profundo de las manifestaciones artísticas implicadas
en la creación y en la recepción; ha de comprender la transformación que opera tras
las imágenes visuales, deducir las habilidades de pensamiento subyacentes, entablar
diálogo con el legado artístico procedente de la tradición y extraer los valores que
proceden de la interacción entre las distintas manifestaciones artísticas.
No se debe olvidar que el microrrelato hipermedial reviste una estructura dinámica
que suscita en la interioridad del lector poderosas emociones, que derivan tanto de
los acontecimientos que se cuentan en el universo imaginario ficcional como de la
emoción estética que emerge del constructo narrativo (Kneepkens and Zwaan 1994: 130); su recepción reviste un doble aspecto, pues conecta con la base cognitiva propia
de las emociones sociales y con el goce estético propio de la emoción artística de
base neurológica.
Extrañamiento cognitivo y desautomatización en el microrrelato hipermedial
Fashion photographer Tim Walker doesn’t seem to belong to the world of you or me.
He’s a Peter Pan, a daydreamer, a fantasist. His pictures are mirages, telling stories
conjured directly from an imagination that most of us left behind in childhood. Looking
at Tim’s photographs is like following the white rabbit into a world where elephants
are painted blue, horses are dusted lilac, paintings come to life and pretty girls
with Thirties faces are transformed into marionettes or abandoned princesses. (Sinclair 2008)
Estas palabras de Charlotte Sinclair sobre el mundo fotográfico de Tim Walker nos
introducen en el extrañamiento que suscita toda obra de arte e ilustran algunos de
los aspectos mencionados anteriormente, que nos servirán para analizar un microrrelato
hipermedial que la escritora zaragozana Patricia Esteban Erlés5 publica en Facebook el 30 de junio de 2020, acompañado de una obra del fotógrafo
inglés.
Patricia Esteban Erlés
30 de junio a las 20:20
Pues claro que me enamoré de ti. Más de diez veces, todas las que pasaste por delante,
rodando calle abajo con aquel aire de nido de cigüeñas desguazado por una tormenta.
Me enamoré de ti, recalcitrante, sin dudarlo y sin saber si me apetecía ya o me iba
bien ese día, en cuanto regresabas al bar de nunca, siempre que parpadeabas al mirarme
porque tú ya me habías olvidado o me confundías con alguien que salía en uno de tus
sueños, uno tibio, enredado. Era simple. Como a una chica que tiembla bajo un paraguas,
como a una asesina en serie desnuda, así sabías mirarme y yo me enamoraba de nuevo,
igual de tontamente. Y te quería, sin más, con la misma lógica obcecada que se apodera
de mí cuando pienso en el color azul y recuerdo, desde el fondo de las córneas, lo
mucho, lo muchísimo que me gusta el color azul. (Foto de Tim Walker)
Patricia Esteban Erlés, que en Facebook acostumbra a acompañar sus microrrelatos con
fotografías de artistas sobresalientes, como Sally Mann (Calvo 2020a: 25-27), Diane Arbus (Calvo 2020b), Patty Maher (Calvo 2021: 28-29) o Chema Madoz (Calvo 2020a: 23-25) entre otros, se sirve en esta ocasión de una fotografía de Tim Walker6, perteneciente a la serie “Lady Grey”, que publicó en Vogue en 20107. La obsesión por la mitología y por la decadencia y extinción de la alta costura
condujeron al fotógrafo inglés a encontrar refugio en “una casa de aspecto decadente
y romántico”: Howick Hall, de Earl Gray, que había permanecido clausurada desde la
década de los treinta del siglo pasado; el solitario interior de la vivienda, la suavidad
de la luz y el halo de misterio vertebran la imagen y evocan el desmoronamiento que
tan magistralmente plasma la escritora en el microrrelato. Prolonga Walker algunos
aspectos que arrastró el rodaje de la película debido a la compleja situación económica
tras la II Guerra Mundial, como el hecho de que el poeta y cineasta francés no dispusiera
del interior de un castillo y explotara la sublimación del espacio a través del pasadizo
interior por el que se desliza la bestia y el recurso a las sombras o a los tules
que se mueven con el viento
El mundo ficcional onírico y asombroso que brota de la fotografía condensa un fuerte
componente narrativo. En esta ocasión el universo imaginario etéreo que plasma con
maestría a través de la textura de los tules y las gasas, y frágil, como el de una
mariposa (Sinclair 2008) que evoca el imaginario de los cuentos de hadas, le sirve a la escritora para contar
una historia, en la que una voz narradora femenina, enamoradiza y frágil, recrea su
vivencia amorosa. Prolongando la influencia de la película romántica y fantástica
La Belle et la Bête (1946) de Jean Cocteau, que fue fuente de inspiración para el fotógrafo inglés en
esta serie, Patricia Esteban Erlés escribe un microrrelato de aprendizaje, en el que
una bella muchacha confiesa su amor por un muchacho despechado que no le corresponde,
circunstancia que enfatiza su fragilidad ante la naturaleza escurridiza y escapista
del amor: “siempre que parpadeabas al mirarme porque tú ya me habías olvidado o me
confundías con alguien que salía en uno de tus sueños, uno tibio, enredado”. Sobresale
la mirada de la bestia sobre la muchacha que se siente atenazada ante su presencia;
sutilmente y mediante imágenes antitéticas (temblor/ terror), sin ocultar la referencia
intertextual al cuento de Caperucita Roja, evoca la perversidad de quien le mira “como
a una chica que tiembla bajo un paraguas, como a una asesina en serie desnuda, así
sabías mirarme”.
La extravagancia de la modelo, fotografiada en una especie de estado extático o místico,
y su aire melodramático de Lady Macbeth (Muir 2007) se extienden al personaje femenino que protagoniza la miniatura narrativa. Elude
Esteban Erlés las líneas narrativas que vertebran el cuento de hadas de Jeanne-Marie
Leprince de Beaumont (1756) y la filmografía de Jean Cocteau; recrea de manera velada
la relevancia y los hallazgos visuales que proporcionan los espacios en blanco (Walker 2012) y traslada la acción desde el espacio arquitectónico de la casa como reino de la
magia a exteriores urbanos, como la calle y el bar8. Fiel a la visión poética del cineasta y del fotógrafo, sobresalen los propósitos
líricos del microrrelato y la apelación a la mirada ingenua del cuento de hadas.
Si para Walker cada fotografía es una fantasía [“every picture is a fantasy” (Walker 2012)] y una provocación para que el espectador forme parte de ella, se comprende bien
que Patricia Esteban Erlés acoja la invitación a prolongar el sueño y con su propuesta
suscite que el lector cree la suya. Mientras el fotógrafo prolonga la fuerza surrealista
y onírica del cineasta, la escritora focaliza la atención en la belleza interior y
en la fuerza mágica del amor del cuento original; enfatiza la ensoñación del amor
con la reiteración “recalcitrante” de cada una de las ocasiones (diez) en que la protagonista
se enamora de un muchacho que “con aquel aire de nido de cigüeñas desguazado por una
tormenta” deambula calle abajo; y evoca la obcecación de un enamoramiento obstinado
con la obsesión por el color azul que tiñe la miniatura narrativa de la tristeza y
melancolía del fracaso amoroso –no pasa desapercibida la referencia intertextual al
libro de cuentos Azul ruso, que Esteban Erlés publicó en 2010–: “Y te quería, sin más, con la misma lógica obcecada
que se apodera de mí cuando pienso en el color azul y recuerdo, desde el fondo de
las córneas, lo mucho, lo muchísimo que me gusta el color azul”.
Fotografía y microrrelato no son un mero envoltorio; se muestran como formas artísticas
dinámicas y dotadas de contenido9. Teniendo en cuenta que toda obra de arte –también el microrrelato hipermedial– es
un artificio, es preciso desentrañar el significado que aportan los componentes texto-visuales
pues, a partir de la relación de continuidad y simbiosis que entablan, de la armonía
compositiva y de la coherencia narrativa, ambos contribuyen a la creación de una unidad
significativa y a la construcción de un sentido global discursivo. Texto literario
e imagen fotográfica obligan a que el lector se detenga en la percepción de la forma
artística debido al extrañamiento que provoca la simbiosis semiótica pues, como puso
de relieve Shklovski, su finalidad es proporcionar “una sensación del objeto como
visión y no como reconocimiento” mediante la singularización del objeto, el oscurecimiento
de la forma y la duración de la percepción (2002: 60).
Se impregna así el microrrelato hipermedial del efecto de desautomatización que retiene
la atención del lector tanto por el artificio que se deriva del oscurecimiento de
la forma texto-visual como por el valor estético que condensa. Si visualmente el componente
onírico de la fotografía de Tim Walker constituye un espacio abierto y una invitación
para que el espectador lo llene, también las elipsis verbales del microrrelato le
provocan, pues la desautomatización opera sobre el automatismo de las formas artísticas
sentidas como cánones estéticos; aunque la fotografía y el texto literario son construcciones
artísticas singulares que tienen valor por sí mismos, la fuerza estética que se deriva
de esta simbiosis semiótica suscita en su unicidad artística también una respuesta.
Desde que los formalistas concibieron la lengua literaria como como un uso especial
del lenguaje (García Berrio 1973: 156), que se caracteriza por el alejamiento y distorsión del lenguaje cotidiano que se
utiliza en los actos de comunicación, los estudios teórico-literarios han puesto especial
énfasis en subrayar que la obra literaria, cualquiera que sea el género literario
al que pertenece, permite contemplar la realidad de manera distinta; y por su propia
naturaleza, cuando el lenguaje es elaborado con fines estéticos, independientemente
de que sea verbal o visual, alcanza valor autónomo y provoca que la atención del lector
se desvíe hacia el mensaje en sí mismo. El microrrelato hipermedial, al revestir una
función estética, hace perceptibles y autónomas las formas lingüísticas y visuales,
imprime extrañamiento al mundo, permite que quien lo contempla cobre distancia de
la realidad, desautomatice sus percepciones y lo perciba con ojos nuevos; y dado que
la percepción estética es un fin en sí para el arte, se convierte en un medio que
permite experimentar el acontecer del objeto, pues lo que ya ha acontecido no importa
para el arte.
La noción de artificio adquiere importancia en el microrrelato hipermedial, pues tanto
el microrrelato como la fotografía impiden la percepción automatizada y potencian
la ruptura con lo previsible en aras de una intencionalidad estética. Patricia Esteban
Erlés y Tim Walker contrarrestan el automatismo de la percepción y lo destruyen mediante
el oscurecimiento de la forma y la singularización de las imágenes y de las palabras,
aumentando su dificultad formal, lo que implica que el lector haya de dedicar más
tiempo a observar el objeto artístico para comprenderlo10.
Cumple en la actualidad el microrrelato hipermedial con una de las finalidades de
la obra artística, que es transformar los modos de la percepción humana (Steiner 2010:
28); contribuye a la ruptura de la automatización y produce un distanciamiento con
el lector, provocando que se centre en las formas texto-visuales para lograr el placer
estético (Shklovski 1976: 6ss). Siguiendo la teoría del extrañamiento de Shklovski (ostranenie es “hacer extraño”)11, en el microrrelato hipermedial ni las palabras ni las imágenes son indiferentes,
de ahí que el lector fije su atención en ambos componentes. Estamos ante un género
literario que, al situarse en la confluencia de la memoria visual, permite la retención
de imágenes mentales y potencia el interés cognitivo y emocional; dada su complejidad
cognitiva y afectiva, no solo capta la atención del lector y ayuda a canalizar su
retentiva lectora, sino que reanima y moviliza su capacidad crítica y es ejemplo de
lo que Edgar Morin denomina pensamiento complejo donde se conjuga lo universal y lo
infinito a través la simbiosis semiótica.
Si el escritor, como sostiene Luis Landero, debe escribir “sobre aquello que conecta
con sus inquietudes y experiencias más íntimas” (2008: 226) para “decir lo indecible” (2008: 230), el lector debe aplicar las estrategias para descubrir sus resortes interiores y
desarrollar la imaginación.